Parece mentira que viniendo de ganar lo que hemos ganado y con los años que cargamos en la mochila, todavía a uno le entre el gusanillo encendiendo el televisor para ver el sorteo de una gran cita de selecciones. En este caso es la Eurocopa. La secuela del torneo que cambió la mentalidad del fútbol español para siempre. Como el soldado al que le llaman a filas estando en la reserva. Algo así. Patriotero y chusco, también.
Hasta hace un tiempo lo vivíamos con miedo. Los gigantes de siempre nos parecían inalcanzables y las naciones más modestas prometían convertirse en la sorpresa del torneo si se cruzaban en nuestro camino. Llegados a este punto parecería natural decir que ahora, con el pecho y el palmarés henchido, los temidos somos nosotros, que somos el rival a batir y bla, bla, bla. Pues no. Habremos ganado mucho últimamente pero mi mentalidad hispana sigue siendo timorata. A medida que se acerca el torneo el potencial de los rivales se multiplica y el cajoncito donde guardo mi querida colección de fracasos da un golpe de Estado en mí y me recuerda el peso de su legado. Habremos ganado mucho, sí, pero a muchos no nos ha cambiado demasiado la mentalidad de un lustro a otro. Supongo que será cosa de los genes.
Además, a los más entusiastas convendría recordarles que lo más probable sería no ganar, porque es lo que hace la mayoría siempre, claro.







