Cada cierto tiempo me pasa. El recuerdo de Barcelona 92 me asalta y se pasea por mis recuerdos. Y no lo hace en balde. Me sume en la nostalgia y llega a humedecerme los ojos. Veinte años después sigue latiendo su legado. Más allá del impulso definitivo que significó la cita para el deporte nacional, a varias generaciones de catalanes y españoles, pero sobre todo de barceloneses, Barcelona 92 nos dejó un poso imborrable. Ahora que la crisis nos azota más fuerte que nunca y la Generalitat demanda asistencia financiera al Estado, volver la vista atrás para recordar que una noche fuimos la reina del baile, aunque no deje de ser una suerte de placer culpable, parece -o padece- de agradecer.








