Terminado el mazazo mundialista norteamericano, Villar y Clemente, de la mano y haciendo frente a la farragosa prensa madrileña, cerraban filas en torno a un proyecto cimentado en futbolistas aguerridos, con fama de amarrategui y donde la entrega y el resultadismo debían ser las señas de identidad de un equipo que históricamente contaba con buenos futbolistas pero que seguía sin llegar a las rondas finales. Con Clemente parecía que España, al fin, podía dar el saltito competitivo necesario para pelear por las medallas.

Los de mi quinta, en 1996 empezábamos a tener mayor conciencia del mundo que nos rodeaba al mismo tiempo que, poquito a poco (unos más que otros, claro) empezábamos a interesarnos por ese curioso planeta desconocido: las chicas. Seguíamos basando nuestro divertimento en el balón pero tonteábamos con las fortunas del “conejo de la suerte” (el juego infantil, se entiende) y convertíamos las clases en un contínuo bombardeo de papelitos, a cual más moñas, declarándonos con más o menos gracia a las muchachas cual quinceañero serratiano de “Paraules d’amor”.

Decíamos, el balompié seguía envolviendo nuestro asueto mientras, poquito a poco, el FIFA, el Iss Pro y, sobre todo, el PC Fútbol, se abrían hueco en nuestras habitaciones hasta hacerse parte indispensable de nuestro pan de cada día.

Cogimos algo de callo con el partido de Italia, hasta el punto de convencer a nuestro inconsciente, casi sin darnos cuenta, de que pasarían los torneos y algo le pasaría a España para evitar la gloria ansiada. Seguimos siendo niños, sí, pero Inglaterra ’96 y, sobre todo, Francia ’98, terminarían por convertirnos en seguidores de una selección predestinada a pegársela, como si de un maleficio se tratara.

Justo tres décadas después, el fútbol volvía a su cuna. Cabe recordar lo mal que lo pasó el fútbol inglés hasta su reconversión en los ’90. Al mal sabor de boca que dejó el triunfo inglés en el Mundial de 1966 donde se dieron polémicas arbitrales de tronío, se le unían otros factores que dejaban al fútbol británico lleno de clichés de difícil quite. Sus equipos se habían labrado una notable fama de leñeros durante los ’70 y, salvo puntuales salvedades, practicaban un fútbol directo tan propio de sus ancestros como arcaico y poco atractivo. Por si fuera poco, el funesto episodio de Heysel de 1985 conllevó el destierro europeo para sus clubes durante cinco años. Quizás ese hecho y quizás haber tocado fondo en aquel clima hooliganesco hizo que el fútbol inglés despertara, se parara, se mirase a sí mismo y remontase el vuelo. Y eso se vio refrendado en la constitución de la Premier League, un moderno torneo, decididamente profesionalizado, competitivo y sustentado en su difusión televisiva y como marca genuina con sello propio.

Así fue como un gran torneo internacional volvía a la vieja Inglaterra. Como si el fútbol y su progenitor se reconciliasen, dio el pistoletazo de salida una Eurocopa ’96 con buenos equipos en la mejor atmosfera posible. Los remodelados pero a la vez añejos y encantadores estadios acogían el torneo en el verano de las Islas, en un marco perfecto para la práctica del fútbol y donde los pross esperaban ver ganar de nuevo a la Inglaterra de Gascoigne y Shearer.

La primera fase dejó grandes postales. El grupo A fue dominado por los anfitriones y para el recuerdo quedará el 2-0 inflingido a Escocia en un derby británico apasionante decidido por el díscolo Gascoigne. Holanda acompañaba a Inglaterra en su pase a Cuartos y quedaban fuera, además de escoceses, Suiza.

El grupo B fue el de España. Tras dos empates sufridísimos ante Francia y Bulgaria (con vitola de candidata tras el excelso Mundial de Stoichkov y cía dos años antes), los de Clemente lograron el pase con un triunfo agónico ante Rumanía. Un gol de Amor en los instantes finales metía a España, tras Francia, en la siguiente ronda. El conjunto del técnico de Barakaldo, prácticamente el mismo que tan bien compitió en Usa ’94, se mediría a la anfitriona Inglaterra en un encuentro que prometía ser apasionante.

Los 22 de Clemente:
1- Zubizarreta: Meta valencianista en la etapa final de su carrera.
2- López: Central leñero que venía de lograr el doblete con el Atleti.
3- Belsué: Eficiente lateral derecho indiscutible en el Zaragoza.
4- Alkorta: Hombre de confianza de Clemente. El central del Madrid seguía siendo clave.
5- Abelardo: Ya en el Barça, el asturiano seguía siendo habitual en las listas clementistas.
6- Hierro: A efectos prácticos, ya que el capitán Zubi era meta, el madridista era el gran líder español.
7- Amavisca: Pasó de descarte de Valdano a gran socio de Zamorano en el Madrid. Aportaba calidad y trabajo en la izquierda.
8- Julen Guerrero: Al león del Athletic le había salido competencia como diamante en bruto de la Liga: Raúl.
9- Pizzi: Un descomunal año como Pichichi en el Tenerife le valió la convotacoria con España y el fichaje por el Barça.
10- Donato: Jugó hasta pasados los 40 y fue importante en los inicios del Super Dépor y en la conquista liguera del año 2000.
11- Alfonso: Rebotado del Madrid, vivía en el Betis sus años dorados.
12- Sergi: Indiscutible como “3″ en el Barça y con España.
13- Cañizares: A la sombra de Buyo en el Madrid y de Zubi en la Selección, era el primer meta recambio.
14- Kiko: Junto a Pantic y Caminero, el jugador de más clase del Atleti del Doblete. Su juego de espaldas, sus asistencias y su fantasía, le convertían en un delantero inimitable.
15- Caminero: Tras campeonar en el Calderón y con el grato recuerdo de su papel en Usa ’94, se esperaba mucho de él.
16- Otero: Polivalente defensa, muy del gusto de Clemente, por aquel entonces en Mestalla.
17- Manjarín: Endiablado por la derecha en los días buenos, el extremo del Depor nunca gozó de continuidad con España.
18- Amor: Iba perdiendo peso en el once del Barça pero anotó el gol decisivo ante Rumanía en la primera fase.
19- Julio Salinas: Su tiempo ya había pasado. El delantero del Depor fue la gran cabezonada de Clemente en la lista.
20- Nadal: Excelente central y notable centrocampista, falló el penalti decisivo en los penaltis ante Inglaterra.
21- Luis Enrique: Jugó su última temporada en el Madrid y tras la Eurocopa se fue con la carta de libertad al eterno enemigo generando un divorcio con el Bernabéu que aún perdura.
22- Molina: Más allá de sus extravagancias, de que Clemente le hiciera debutar como interior o de que arriesgase demasiado jugando fuera del área, fue clave en los éxitos atléticos de ese mismo año.

Las claves tácticas:

- Zubi seguía siendo la base del equipo pese a que iba perdiendo capacidad de reacción, velocidad y reflejos.

- Pese a las contínuas variantes tácticas de Clemente para contrarrestar los puntos fuertes del rival, la línea de 4 atrás era la opción más recurrente. Los laterales subían solo si procedía y los defensas pasaron a ser de un perfil más marcador y anticipativo dado que los dos primeros espadas de la posición, Hierro y Nadal, solían actuar como doble pareja de mediocentros.

- Hierro y Nadal formaban una medular de mucha fuerza, empuje y llegada. Clemente solía añadir a los Caminero o Guerrero tirados a una banda o algo adelantados. Pese a que mezclaban bastante bien recuperación y posesión, la cabra tiraba al monte y dicha medular condicionaba al equipo a decidir desde la segunda línea.

- El ataque español solía basarse en un estilete (Pizzi o Salinas) que fijase a los centrales, aprovechase los centros desde la banda y desahogase las llegadas al ataque de los centrocampistas. Acompañándoles acostumbraba a jugar un segundo punta con mucha movilidad (Alfonso, Luis Enrique, Kiko, Manjarín, etc) que aprovechase bien los espacios y el desmarque.

En el grupo C iba a saltar la liebre. Alemania, República Checa, Italia y Rusia completaban un grupo durísimo. Italia, subcampeona mundial y con sus mejores futbolistas próximos a su cénit, iba a caer a las primeras de cambio junto a Rusia. El catenaccio transalpino no iba a surtir efecto. Por contra, Alemania metió miedo desde el principio y la República Checa se postulaba como la gran revelación del torneo dejando fuera a italianos y rusos.

Portugal dominó con claridad el grupo D. La irrepetible generación campeona en categorías inferiores de los Figo, Rui Costa, Couto o Baía parecía estar ante su gran ocasión. Quizás sus estrellas, alrededor de los 24 años, carecían de experiencia en grandes lides pero tenían todo el talento del mundo y parecían dispuestos a refrendar todas las expectativas generadas en torno a ellos con un fútbol descarado y valiente. Croacia daría muestras de lo que llegaría a ser en el Mundial de dos años después y pasaba también el grupo. Dinamarca, la vigente y sorprendente campeona europea y Turquía, que se fue de vacío, se apearon del torneo a la primera.

 

En los Cuartos Alemania se imponía 2-1 a Croacia y consolidaba su rol de favorita. El férreo juego alemán y la pegada germana se abrían paso hasta las semifinales con cierta solvencia.

Turno para el Inglaterra – España. Dos grandes carentes de títulos y autoestima se daban cita en el viejo Wembley ante casi 80.000 espectadores ávidos del triunfo inglés. Tras una primera parte de tanteo y de dominio alterno, España desplegaría en vano su mejor fútbol en el torneo. No faltaron los dos históricos fantasmas en el KO hispano: Algunas decisiones arbitrales contrarias a los intereses de España y una dramática tanda de penaltis donde fallaron sus dos lanzadores más fiables (Hierro y Nadal) daban al traste los sueños de La Furia. Otra vez, la Pérfida Albión se nos atragantaba para jolgorio de sus hinchas en el mayor de sus santuarios. Tampoco era nuestro año ni nuestro torneo. Como Cenicienta a las doce menos cinco, recogimos nuestros bártulos y nos fuimos a coger el avión que nos devolvía a la aburrida y rutinaria realidad.

La República Checa pasó de ser la sorpresa a una seria amenaza cuando dejó fuera a Portugal en Cuartos mientras Francia se cargaba a Holanda en los penaltis, donde todos anotaron menos el holandés Seedorf.

 

A esas alturas el mundo entero compartía la sensación de final anticipada entre ingleses y germanos. Parecía que Inglaterra, casi por inercia, se haría con su título si era capaz de doblegar a su histórica bestia negra. Parecía, también, que los teutones eran el peor enemigo posible para jugarse el pase a la final. Y así fue. Otra vez Alemania. De nada sirvió el temprano gol de Shearer a los cinco minutos. Ocho minutos después, Kuntz empataría, el partido se trabaría y llegarían los penaltis. Esta vez, y quizás haciendo justicia divina por la cruel eliminación de España una ronda antes, la moneda salía cruz para los locales. Se lanzaron cinco penaltis por equipo y nadie falló hasta que lo hizo el central inglés Southgate. Como imaginarán, la carrera del ahora joven técnico, ya nunca fue la misma. El irreductible amarillismo inglés focalizó en él la dolorosa derrota. Por su parte, el penalti decisivo para los alemanes lo anotaría un mediapunta de calidad, intermitente pero con partidos fascinantes: Andreas Möller.

La otra semifinal entre Francia y la República Checa confirmaría el resurgir checo o el renacer francés, que desde que colgó las botas Platini y a la espera de la emergencia de Zidane, parecía navegar entre altibajos. Como venía siendo habitual en el torneo, el partido se tensó y los goles no llegaron. Defraudaba el torneo inglés y dicha semifinal no fue menos. Eso sí, las tandas de penaltis parecían de película. Se volvió a completar un pleno tras los cinco primeros tiros hasta que llegó Pedrós, que erró mientras Kadlec desataba la locura en la antigua Checoslovaquia. Su equipo, tras muchos años lejos de los focos, se plantaba en una final continental y el sueño ilusionante de los checos parecía no tener fin.

Pero Alemania siempre fue Alemania, claro. Ya lo decía Lineker: “El fútbol es un deporte en el que juegan once contra once y siempre termina ganando Alemania”. El sempiterno cortarrollos bávaro ante el sueño imposible checo. Imposible o no tanto, claro, a tenor de la generación que después triunfaría en el fútbol europeo donde destacaban sus centrocampistas, que aunaban trabajo y calidad. Nedved, Bejbl, Nemec, Poborsky y Berger formaban, seguramente, la mejor medular del torneo. Ante ellos, la Alemania de siempre: una inexpugnable defensa liderada por Sammer, un centro del campo bien dotado para jugar de área a área con Elits, Scholl, Hassler o Ziege y una delantera efectiva con un Klinsmann que iba de más a menos en lo que parecía el inicio de su ocaso.

El partido empezaba peleado y la República Checa le perdía el miedo a la camiseta rival desde el inicio. Tanto fue así que en el minuto 59 los checos se adelantarían de penalti. Uno de los jugadores de mayor presumir, Berger, hacía algo más tangible el sueño checo. Hasta que reaccionaron los dioses y hasta que reaccionó su seleccionador, Berti Vogts. El cambio de Scholl, centrocampista, por Bierhoff, ariete, resultaría decisivo. Entró en el ’68 y cinco minutos después puso las tablas en el marcador. Y cuando el partido parecía, otra vez, encaminado a los penaltis, el propio Bierhoff, con la colaboración de las manitas blandas del meta checo Kouba, le daba el triunfo a los alemanes e inauguraba una crueldad total de la FIFA en forma de regla de nuevo cuño: el Gol de Oro, que, por fortuna, duraría poco.

 

A grandes rasgos, recordar que Shearer, entonces un jugador de primer nivel mundial (quizás el último gran ariete clásico inglés), fue pichichi del torneo con cinco goles, que Köpke y Seaman fueron elegidos los mejores porteros del torneo evidenciando la falta de grandes metas en la época, que Sammer se confirmó como un central excelente hasta el punto de ser Balón de Oro meses después, que Blanc formó una elegante dupla en la zaga con Desailly, cosa que le valdría su fichaje por el Barça de Robson… También que Maldini estaba por encima del bien y del mal, que siempre actuaba bien pese al resultado del colectivo, que el talento de los Shearer, Gascogine y McManaman no fueron suficiente para la anfitriona, que Deschamps empezó a mandar como mariscal de la medular gala y a dar pistas de lo que sería la poderosa Francia que se estaba gestando, que Djorkaeff brillaba en los grandes torneos siendo otro de los futbolistas denostados injustamente por crítica y aficionados, que los coletazos del último gran Stoichkov aún hacían daño, que Suker y la nueva Croacia parecían ir muy en serio y que Kuka fue el mejor atacante de los subcampeones checos. Quizás si éstos hubieran tenido un poquito más de eficacia en las dos áreas, el título hubiera sido para ellos. Y bla, bla, lo de siempre. Ya ven, los focos seguían haciéndonos el vacío. Mamá esperaba a la hora de la cena en otro verano que empezaba torcido. Mañana volveríamos al parque a emular a nuestros ídolos caídos. Porque tras los nubarrones ingleses, mañana volvería a salir el sol.

 

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