Resultaría sencillo tirar de memoria -o Wikipedia-, repasar el majestuoso currículum de Ronaldo, celebrar la grandiosidad de su carrera y concluir su trascendencia como leyenda del fútbol.
Lejos de eso, quisiera destacar la figura de Ronaldo como pionero. Más allá de ser el primer gran ídolo para la mayoría de chicos de mi generación (la del ’86 y alrededores) ha sido la primera gran figura mediática mundial del fútbol moderno, del fútbol de masas, globalizado y cobijado por Internet y las nuevas tecnologías.
Habrá quien pueda recordar el indiscutible calado mundial de estrellas mediáticas como Pelé o Maradona mucho antes. Sin lugar a dudas, ambos astros tenían repercusión en todo el mundo, personalizaban el gran poder de atracción del balonpié y aprovechaban el tirón de su imagen para protagonizar todo tipo de campañas publicitarias -no solo de índole deportiva-. Y lo hacían a gran escala y sobre todo Maradona, que gracias al desarrollo de la televisión y a su absoluta presencia en cualquier rincón del planeta convirtieron a su persona en un verdadero icono, aglutinando diversos aspectos que hicieron de su figura un mito más propio de las estrellas de rock que de los atletas: ser la gran estrella de un país políticamente convulso, su origen miserable, su incómodo compromiso político izquierdista o sus devaneos con las drogas, convirtieron a Maradona en el antihéroe, en el talento indomable, en un genio de potencial extraterrestre que, sin embargo, comúnmente, como el resto de sus iguales, se sumergía entre los encantos de lo prohibido y lo dañino de unas susceptibilidades que, lejos de humanizarle, alimentaron su mito hasta convertirlo en maldito y warholiano, al nivel de James Dean o el Che Guevara.
Pero, decíamos, Maradona no fue coetáneo a la emergencia de Internet ni fue explotado a nivel publicitario ni la mitad que ‘El Fenómeno’. Ronaldo sí estuvo en el lugar concreto en el momento preciso. Su eclosión futbolística fue acompañada de la internacionalización de su figura. Tras su paso por el Barcelona y su colosal temporada 96-97 (volviendo a mi generación, muchos convendrán conmigo que jamás se vio nada igual por mucho que Messi o Cristiano pulvericen todos los registros) nada volvió a ser igual. Gracias a Ronaldo, Nike empezó a comerle, definitivamente, la tostada a Adidas. Nike, a través de Ronaldo, vendía un producto dificil de rechazar. La fiesta del fútbol brasileño, los albores del famoso ‘Joga Bonito’ y su selección, la brasileña, convertida en los Globetrotters del mundo futbolístico. Basta recordar el histórico anuncio para promocionar la marca antes del Mundial de Francia ’98, donde las estrellas brasileñas, además de Ronaldo, Rivaldo, Romario, Roberto Carlos o Denílson, hacían las delicias de los pasajeros con los malabarismos propios de su fútbol. ¿Y quién mejor que Ronaldo para venderle ese abanico de valores al mundo? Ronaldo, además de brasileño y de virtuoso, era joven, de origen humilde y físicamente un fenómeno de la naturaleza. El primer futbolista-atleta.
Acertó Nike totalmente. Se consolidó como la marca deportiva de los deportistas de éxito, que además de triunfar en sus disciplinas, eran admirados por el virtuosismo de sus maneras. Y Ronaldo, el chico capaz de hacer que se parase el mundo cuando él jugaba, encarnaba a la perfección esas características tan propias del fútbol contemporáneo.
En contraposición, Adidas quedaba relegada al segundo plano. Lejos quedaba su dominación. La marca alemana se había quedado obsoleta. Ofrecía una línea más sobria, casi vetusta, muy profesional y solvente, pero a años luz de los encantos irrechazables de los fantasiosos cariocas, encabezados por el ciclón Ronaldo. Tanto fue así, que, cobijados en aquella guerra de marcas, muchos agentes de futbolistas empezaron a hacerse de oro aprovechando el filón que ofrecían los millonarios contratos de patrocino deportivo. Y, tanto fue así, que hubo un tiempo en el que Nike decidía qué jugadores acudían a la Selección brasileña y quiénes no. Sandro Rosell, actual presidente barcelonista, lo conoce mejor que nadie.
Pero no solo Nike explotó la figura de Ronaldo. La propia FIFA lo hizo. Tanto ellos como Nike fueron quienes obligaron a Ronaldo a jugar, indispuesto, la finalísima del Mundial de Francia entre los locales y los brasileños.
Por otra parte, el otro gran sector que vio multiplicados sus beneficios fue la emergente industria del videojuego. Los niños del mundo no solo querían emular a Ronaldo en los campos, imitando sus regates, su forma de correr, copiando su peinado o portando sus botas; también querían hacerlo en sus casas, en ordenadores y videoconsolas. Es en ese momento y no en otro cuando el continente asiático y la FIFA empiezan a andar de la mano. Corea y Japón ’2002 simboliza tal matrimonio de conveniencia.
A modo de conclusión, podríamos afirmar que la globalización, el colosal y reciente mundo del márketing deportivo y las nuevas tecnologías, mucho le deben a Ronaldo. No solo el brasileño fue el jugador más impactante de su generación (a muchos nos parece, directamente, el mejor) sino que fue también el primer gran futbolista explotado del mundo globalizado. Para lo bueno y para lo malo, claro. Hasta tal punto que, imagino, deberá pasar bastante tiempo hasta que conozcamos, realmente, la directa relación entre esa explotación y la prematura y corta carrera de Ronaldo. Tiempo para que algunos delitos prescriban. Tiempo para saber, a ciencia cierta, qué grado de incidencia tuvo en todo ello el “entorno mercadotécnico” del brasileño, en qué medida fueron éstos quienes infiltraron habitualmente al brasileño, los que potenciaron hasta lo insospechado su temprana musculación o los causantes de los numerosos (y normalmente erróneos) traspasos que protagonizó el delantero.
Dicho lo cual, y dejando al libre albedrío de cada cual todas estas cuestiones conspiranoides, quisiera finalizar mi ladrillazo con dos posdatas:
PD1: Gracias por tanto, Ronaldo.
PD2: Qué viejos nos hacemos, coño.


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