Terminado el mazazo mundialista norteamericano, Villar y Clemente, de la mano y haciendo frente a la farragosa prensa madrileña, cerraban filas en torno a un proyecto cimentado en futbolistas aguerridos, con fama de amarrategui y donde la entrega y el resultadismo debían ser las señas de identidad de un equipo que históricamente contaba con buenos futbolistas pero que seguía sin llegar a las rondas finales. Con Clemente parecía que España, al fin, podía dar el saltito competitivo necesario para pelear por las medallas.
